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Carlos Sánchez
Estar a la altura de los tiempos no es fácil. El historiador Paul Kennedy ha demostrado cómo grandes imperios perdieron su hegemonía por errores de sus dirigentes. La China imperial empezó a declinar cuando los mandarines prohibieron en 1436 la construcción de naves. Pretendían sellar las fronteras en aras de proteger al país de los ataques mongoles, pero en realidad se cerraron ellos mismos y se hicieron más vulnerables. Inicialmente, se prohibió la construcción de embarcaciones para la navegación oceánica, pero más tarde se dictó una orden que impedía la existencia de barcos con más de dos mástiles. Cuatro siglos después, la dinastía Ming era mucho menos poderosa que la dinastía Song, y sus súbditos, por supuesto, mucho más pobres.
Algo parecido le sucedió al Imperio Otomano, que colapsó como consecuencia del conservadurismo de los sultanes, que en lugar modernizar el país y abrirlo hacia la innovación, optaron por burocratizar el Estado y frenar la expansión territorial en busca de nuevos mercados. Un sultán idiota, como dice Kennedy, podía paralizar el Imperio Otomano de una manera que ni un Papa ni un emperador del Sacro Imperio podía hacerlo en Europa. El poder otomano, lógicamente, cayó bajo la presión de jenízaros, descontentos con el alza de precios y la corrupción.
El imperio español, como se sabe, no se hundió por un problema de expansión geográfica, sino por la incapacidad de la Monarquía hispánica para mantener sus fronteras, lo que degeneró en guerras de desgaste imposibles de financiar. En 1522, las fronteras eran atacadas al unísono en Alemania, los Países Bajos e Italia; pero además, las tropas estaban obligadas a vigilar el Atlántico y el Mediterráneo. Carlos V tuvo bajo sus órdenes un formidable ejército de 150.000 hombres sobre una población de 7 millones de personas. Dando por hecho que la mitad eran mujeres, eso significa que casi el 5% de los españoles estaban alistados. A cifras de hoy, estaríamos hablando de que Carme Chacón gobernaría un ejército de más de dos millones de efectivos.
La decadencia comenzó a fraguarse con decisiones equivocadas: la expulsión de los judíos y, posteriormente, la de los moriscos, la interrupción de los contactos con las universidades extranjeras, las ‘aduanas’ internas entre los diversos reinos de la península o la obligación de que los astilleros vizcaínos se centraran en la construcción de naves militares.
La lección que se puede extraer del análisis de Kennedy es que los gobiernos se equivocan si no son capaces de leer correctamente cada momento histórico haciendo caso omiso de una receta simple que daba Adam Smith a sus alumnos, pero que sirve para cualquier tendencia política. “Para sacar a un Estado de la barbarie y llevarlo a la mayor opulencia” -decía el autor escocés- “apenas se necesita algo más que paz, impuestos razonables y una administración de justicia tolerablemente buena”.

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