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Dado
que, por parte de políticos preeminentes se han establecido correlaciones,
a nuestro entender espurias, entre descentralización y desarrollo económico,
en lo que sigue intentaremos reflexionar sobre este proceso combinado
que amenaza con introducir al sistema económico de nuestro país en
un circulo vicioso de recesión, paro e inflación, con el agravante de
una organización territorial del poder político que, en lugar de ayudar
a superar la crisis, colabore a mantenerla y ampliarla.
Desde una perspectiva
económica, la descentralización del gasto público tiene su lado positivo
en la proximidad con los problemas de los gestores del mismo, lo que mejoraría
su eficiencia. Su lado negativo descansaría en el hecho de que el aumento
en el número de gestores, genera tensiones entre los mismos por aumentar
el volumen que cada uno controla. En el caso español, con una distribución
asimétrica entre comunidades de las competencias políticas y los recursos
económicos(1), la capacidad de gasto se convierte
en el último ratio que el político presenta a sus electores como prueba
de la eficacia de su gestión, dificultando el control y primando la presión
política y en algunos casos la violencia para su distribución. Esto convierte
la asignación del gasto público en un juego en el que los
agentes que intervienen obtienen beneficios del incumplimiento de las
reglas, por lo que el juego no tiene solución matemática de
equilibrio. La única política posible del gobierno central consiste en
aumentar el volumen de gasto y la promesa de cambio de las normas a favor
de los más conflictivos para conseguir diluir el problema en el tiempo.
Descentralización
asimétrica.
El periodo de cuatro años en el que se ha desarrollado la anterior legislatura
y en que, con la dirección del PSOE en nuestro país, coincidieron elevadas
tasas de crecimiento del PIB con un proceso de descentralización
territorial asimétrica que se plasmó en la revisión y modificación
de numerosos estatutos de autonomía (a pesar de la escasa participación
electoral e interés que despertaron entre los votantes en aquellos casos
en los que, por Ley, debían ser refrendados por votación popular), ha
servido para afianzar la idea de que todo proceso de descentralización
es positivo desde la perspectiva del crecimiento económico(2).
En nuestra
opinión el desarrollo económico ha tenido poco que ver con la organización
territorial del estado y sí con la incorporación de nuestro país a la
zona euro, con la devaluación de facto que sufrió la peseta (efecto-precios
del euro y disminución del poder adquisitivo de la renta disponible de
las familias en la primera etapa de la nueva moneda), seguida de una reducción
de los tipos de interés nominales debido a la mayor confianza que generaba
la nueva moneda, fundamentalmente por la presencia de Alemania en el grupo
y la fortaleza del marco. Dado que la incorporación de España a la zona
euro, se realizó con un diferencial de inflación elevada que se ha mantenido
en el tiempo, incluida la última legislatura, los tipos de interés reales
llegaron a ser negativos, lo que propició un elevado incremento de la
demanda interna que al no poder ser satisfecha por la oferta interior,
generó un déficit exterior elevadísimo (superior al de USA en porcentaje
sobre PIB). Esta situación podría asimilarse, con las lógicas diferencias,
al caso de una familia cuyos gastos superan con mucho a sus ingresos pero
que, al vivir en una zona de renta alta y con amigos solventes (zona euro),
consigue con facilidad que los bancos financien sus excesos pensando que
al crecer sus ingresos, aunque en proporción inferior a sus gastos, estos
terminarán por pagar la deuda y los intereses.
Cuando la crisis
financiera internacional estalla, nuestro país, en
contra de la opinión de la mayoría de políticos y expertos,
se encuentra en peor situación que el resto de los países de la zona euro
para enfrentarla: con una elevada necesidad de financiación; un elevadísimo
déficit exterior; un diferencial de inflación persistente(3)
y un crecimiento basado, sobre todo, en un sector de la construcción que,
entre otras características, es muy dependiente de la financiación bancaria.
Las dificultades de financiación, provocan en una economía tan dependiente
como la nuestra una reducción drástica de todos los indicadores de crecimiento
económico.
Perspectivas
sombrías. Las
perspectivas que se presentan para la economía en el 2008 son bastante
sombrías. Siendo optimistas, podemos esperar un crecimiento del PIB entorno
al 1% en tasa interanual a finales del año, situándose la media anual
esperada para este año en torno al 1.5%. La caída de la actividad irá
acompañada de un nuevo repunte de la inflación, que probablemente superará
las tasas del 5% para el mes de agosto, reduciéndose suavemente a partir
de esta fecha como consecuencia de la caída en la demanda interna. La
reducción de la actividad provocará la expulsión del mercado de trabajo
de población ocupada y, aunque el endurecimiento de las condiciones del
mercado de trabajo provocará una ligera contracción de las tasas de actividad,
las nuevas incorporaciones y las migraciones exteriores harán que la población
activa total aumente, lo que elevará significativamente la tasa de paro.
La caída del PIB inducirá una reducción de los ingresos fiscales, aumentando
a su vez significativamente los gastos sociales, fundamentalmente por
el aumento del desempleo, lo que reducirá el superávit público hasta tornarlo
en déficit. La conjunción de un déficit del sector público con un
elevadísimo endeudamiento del sector privado se plasmará en un aumento
del déficit del sector exterior. Es decir, la economía española puede
entrar en un círculo vicioso de depresión, inflación y paro.
Ante estas perspectivas, podemos preguntarnos qué están haciendo los gestores
públicos para que la economía española no entre en el círculo vicioso
anteriormente descrito.
Dado que España
se encuentra integrada en la zona euro, las decisiones sobre el tipo de
interés están en manos del Banco Central Europeo y el tipo de cambio depende,
a su vez, del tipo de interés y de las balanzas por corriente agregadas
de los países que componen el grupo: las únicas políticas económicas que
el Gobierno puede manejar son las de carácter microeconómico, mejorando
la eficiencia en el funcionamiento de los mercados, así como la política
fiscal a través de los presupuestos y sus decisiones sobre los ingresos
y gastos públicos. El Gobierno ha decidido, ante el elevado endeudamiento
de las familias, y para mantener su capacidad de consumo, en lugar de
reducir la presión fiscal (lo que le obligaría a reducir el gasto público
para mantener un cierto equilibrio presupuestario), repartir una dádiva
de 400 euros, lo que le aseguraba una posición más cómoda en la contienda
electoral pero que, como describe la Teoría Económica, los consumidores
no incorporan como renta permanente,
por lo que su efecto sobre el consumo de las familias será inapreciable.
Sin embargo, con toda seguridad, deteriorará seriamente las cuentas públicas.
En cambio,
las políticas dirigidas a mejorar la eficiencia de los mercados y la competitividad
de la economía española se han frustrado por el impulso de una política
territorial de revisión estatuaria dirigida, fundamentalmente, a satisfacer
unas elites políticas deseosas de aumentar el gasto y liberarse de los
posibles controles que pudiera ejercer el gobierno central en su gestión,
con el resultado de aumentar las barreras geográficas a la movilidad de
los trabajadores y en algunos casos de los servicios. La competitividad
de la economía española ha quedado finalmente lastrada para el futuro
cuando su mejor instrumento, el sistema educativo, se ha fragmentado en
diecisiete compartimentos estancos. Además, la inmersión lingüística en
algunas comunidades asegura a parte de las capas más desfavorecidas de
su población un elevado porcentaje de fracaso escolar, con los correspondientes
efectos sobre la equidad y la productividad a largo plazo.
Podemos concluir
que, para la sociedad española, la conjunción de crisis económica y descentralización
territorial asimétrica del Estado puede tener un coste económico y social
elevadísimo, introduciéndonos en un círculo vicioso en el que se conjuguen
un crecimiento casi nulo con inflación, situación de la que nos costará
mucho salir.
1
El cupo vasco infravalora la aportación, a los ingresos generales, de
las haciendas forales en unos dos mil cien millones de euros a lo que
habría que sumar la aportación Navarra, la deuda histórica andaluza, el
estatuto catalán, etcétera.
2 Patricio
Pérez (IEF) no encuentra evidencia empírica entre descentralización fiscal
y crecimiento económico. Jaime Vallés(IEF) encuentra evidencia empírica
negativa.
3 La competitividad-precio
de una economía con una elevada proporción de importaciones se mediría
mejor por el diferencial de los deflactores del PIB que por el diferencial
de inflación, lo que para la economía española reflejaría una pérdida
de competitividad, aún peor, de la que se reconoce.
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